Estamos ante el borde de un precipicio. Miramos al abismo, sentimos malestar y vértigo. Nuestro primer impulso es el de retroceder lejos del peligro. Inexplicablemente, permanecemos en él. Poco a poco, nuestro malestar, nuestro vértigo, nuestro horror se confunde en un sentimiento nebuloso e indefinible. Gradualmente, insensiblemente, aquella nube toma una forma como el vapor de la botella de donde se elevaba el genio de Aladino. Pero de nuestra nube, en el borde del precipicio, se eleva, cada vez más palpable, una forma mil veces más terrible que ningún genio, que ningún demonio de la fábula; y, no obstante, no es más que una idea, pero una idea pavorosa, que hiela hasta la médula de nuestros huesos, y penetra en ellos con las feroces delicias de su horror. Es simplemente esta idea:
-¿Cuáles serían nuestras sensaciones en el curso de una caída desde tal altura? Y esa caída -ese aniquilamiento fulminante- por la sencilla razón de que implica la más terrible, la más odiosa de todas las más terribles y de todas las más odiosas imágenes de la muerte y del sufrimiento que jamás se hayan presentado a nuestra imaginación, por la razón simple, la deseamos entonces ardientemente. Y porque nuestro juicio nos aleja violentamente del borde, por eso mismo nos acercamos a él más impetuosamente.
No existe en la naturaleza pasión más diabólicamente impaciente que la de un hombre que, trémulo ante la vista de un precipicio, está pensando en arrojarse a él. Permitirse tratar de pensar sólo un instante, es perderse inevitablemente; porque la reflexión nos ordena que nos abstengamos, y es por eso mismo, digo, por lo que no podemos. Si no hay allí una mano amiga que nos detenga, o si no somos capaces de un esfuerzo súbito para alejarnos del abismo, nos lanzamos, nos aniquilamos.
Examinemos esas acciones y otras análogas y encontraremos que son únicamente el resultado de nuestra perversidad. Las perpetramos simplemente a causa de que sentimos que no debiéramos hacerlo. Más acá o más allá no hay principio inteligible; y podríamos, en verdad, considerar esa perversidad como una instigación directa del demonio, si no estuviese reconocido que, a veces, sirve para la realización del bien.
edgar allan poe
viernes, 25 de julio de 2008
La vie est pour souffrir ou pour rêver
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